Sermón·Gálatas 5:22-26·1 de octubre de 2026

El fruto del Espíritu: La vida que brota de la unión con Cristo — Gálatas 5:22-26

Tiempo después de Pentecostés · Gálatas 5:22-26 · Este domingo es Tiempo después de Pentecostés. Para quienes predican sobre Gálatas 5:22-26, publicamos un sermón completo escrito en SermonS

✓ Fuentes de este sermón — 9 de 28 párrafos muestran sus fuentes · 7 citas de comentarios · 3 citas bíblicas · 9 palabras en lenguas originales

Gálatas 5:22-26

Este domingo es Tiempo después de Pentecostés. Para quienes predican sobre Gálatas 5:22-26, publicamos un sermón completo escrito en SermonSage, desde la selección del pasaje hasta el borrador final.

> ✓ Escrito sobre un corpus teológico de 910 mil fragmentos; pasó las verificaciones de plagio y patrones heréticos.

El fruto del Espíritu: La vida que brota de la unión con Cristo

Título: El fruto del Espíritu: La vida que brota de la unión con Cristo Tema: La transformación radical del creyente al abandonar las obras de la carne para caminar bajo la guía transformadora del Espíritu Santo.

Introducción

Amada iglesia, nos encontramos ante uno de los pasajes más profundos y prácticos de toda la Escritura. El apóstol Pablo, escribiendo a los cristianos en Galacia, confronta una realidad que sigue vigente en nuestros días: la tensión entre vivir bajo el dictado de nuestros impulsos naturales y vivir bajo la dirección plena del Espíritu Santo. Los creyentes, al caminar por las calles de las ciudades, al enfrentar las presiones económicas en el trabajo, o al intentar mantener la armonía en la familia extendida, a menudo se sienten agotados, tratando de ser "buenos cristianos" por nuestro propio esfuerzo, como si la fe fuera una lista de reglas que debemos cumplir para ganar el favor de Dios. Sin embargo, el apóstol nos llama a algo radicalmente distinto. El contexto de nuestro pasaje es un llamado a la libertad que tenemos en Jesús, una libertad que no es licencia para pecar, sino capacidad para amar. En los versículos previos, Pablo ha descrito las obras de la carne, aquellas actitudes que destruyen la comunión y dividen los hogares y las iglesias. Pero aquí, en el versículo 22, la narrativa cambia drásticamente. Ya no se trata de lo que nosotros "hacemos" mediante el esfuerzo humano, sino de lo que el Espíritu "produce" en nosotros como un resultado natural de estar injertados en la vid verdadera. Para comprender esto, debemos recordar que la ley no tenía el poder de transformar el corazón humano; solo podía señalar el pecado. Pero al llegar a la plenitud de los tiempos, Dios nos ha dado al Espíritu Santo para que habite en nosotros. Esta presencia no es estática; es una fuerza vital, como la savia que corre por el tronco de un árbol y llega hasta la rama más pequeña. Si queremos ver un cambio real en nuestra vida, si anhelamos que nuestra casa, nuestro grupo pequeño y nuestro servicio a Dios sean diferentes, debemos dejar de mirar al espejo de nuestra propia voluntad y comenzar a mirar al Espíritu.

Cuerpo

Punto 1. La naturaleza del fruto: El amor como fundamento de la vida cristiana

El apóstol comienza esta lista diciendo: "Mas el fruto del Espíritu es amor (ἀγάπη, agape, el amor entregado de Dios)". Es fundamental notar que Pablo utiliza la palabra "fruto" en singular, no "frutos". Esto sugiere que no estamos ante una selección de virtudes de la cual podemos escoger una u otra según nuestra preferencia. El amor no es una opción más; es la esencia misma de todo lo que el Espíritu produce. En el griego original, esta palabra se refiere a un amor benevolente, un amor que busca el bien del otro sin esperar nada a cambio, un amor que es la marca distintiva de quien ha sido tocado por la gracia de Dios. Cuando Pablo pone al amor en primer lugar, está estableciendo una jerarquía teológica. El amor es la raíz de la gozo (χαρά, jará, gozo, alegría) y la paz (εἰρήνη, iríni, paz). Sin esta entrega sacrificial, nuestra alegría sería simplemente una emoción pasajera, y nuestra paz sería apenas una tregua temporal en medio de los problemas cotidianos. Muchos cristianos luchan por tener paz en medio de situaciones familiares difíciles, pero olvidan que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de Dios en nuestro corazón, la cual nace cuando decidimos amar al prójimo como el Señor nos amó primero. Es necesario reconocer que el amor que el Espíritu produce no es una emoción, sino una decisión que se sostiene en la voluntad. A menudo, el creyente se enfrenta a la pregunta: "¿Cómo amar a quien ha traicionado o a quien hace la vida imposible?". La respuesta no está en nuestra capacidad de perdonar, sino en permitir que el Espíritu trabaje en nosotros. Cuando entendemos que el amor de Dios es el fundamento, nos damos cuenta de que no estamos llamados a producir este fruto por nuestra cuenta, sino a dejar que Él lo haga a través de nosotros. Es una obra de transformación divina que nos capacita para ser pacientes y bondadosos incluso en los momentos de mayor tensión. [1]

Punto 2. La paciencia y la bondad: El carácter forjado en la adversidad

Después de establecer el amor como fundamento, el texto nos presenta la paciencia (μακροθυμία, makrothimía, paciencia, longanimidad) y la bondad (χρηστότης, krestotes, bondad, benevolencia). Estas virtudes son, posiblemente, las más difíciles de practicar en un mundo que nos exige rapidez y resultados inmediatos. La paciencia bíblica no es una pasividad ante el mal, sino una capacidad de resistir bajo presión sin perder la calma, mientras que la bondad es la expresión activa de esa misma paciencia hacia quienes nos rodean. En nuestras congregaciones, es fácil ser bondadosos con quienes nos caen bien o con quienes nos tratan con respeto. Pero la verdadera prueba del Espíritu ocurre cuando nos encontramos con personas difíciles, o cuando las circunstancias de la vida nos ponen en situaciones de estrés prolongado. La paciencia y la bondad son como el fuego que refina el oro; no pueden existir sin haber pasado por el crisol de la prueba. Cuando permitimos que el Espíritu tome el control, nuestra respuesta ante la ofensa cambia: ya no buscamos la venganza, sino que buscamos la oportunidad de ser un reflejo de la bondad de Dios hacia aquel que nos ha fallado. Esta es la diferencia crucial entre el esfuerzo humano y la obra del Espíritu. El esfuerzo humano nos permite ser amables mientras somos tratados bien, pero solo el Espíritu puede producir una bondad incondicional que no depende de la conducta ajena. Esto es lo que significa "caminar en el Espíritu". No es una experiencia mística aislada de la realidad, sino la decisión diaria de renunciar a nuestro derecho a estar enojados para permitir que la mansedumbre y la bondad de Cristo fluyan a través de nuestras palabras y acciones. Al hacer esto, nuestra vida se convierte en un testimonio vivo, algo que ninguna cantidad de sermones podría lograr sin el fruto transformador de Dios. [2] De igual manera, la fe (πίστις, pístis, confianza absoluta y fidelidad) que el Espíritu hace brotar en nosotros trasciende la simple aceptación intelectual de doctrinas. En un mundo donde la inseguridad económica y las crisis familiares nos obligan a buscar constantemente una base firme, esta fe se convierte en nuestro ancla. No se trata de una confianza que se agota cuando las remesas no llegan o cuando la salud de un ser querido se deteriora, sino de una convicción profunda de que el Señor permanece fiel incluso en medio de la tormenta. Cuando el apóstol Pablo nos insta a vivir por el Espíritu, nos está llamando a soltar las riendas del control que tanto nos angustian, permitiendo que la providencia de Dios guíe nuestros pasos, incluso cuando el camino parece incierto o sombrío.

Esta transformación interior se manifiesta poderosamente en la mansedumbre (πραΰτης, prautés, gentileza y dominio de la fuerza). A menudo confundimos esta virtud con debilidad, como si fuera una falta de carácter o una sumisión pasiva ante la injusticia. Sin embargo, en el contexto del Evangelio, es todo lo contrario: es la fuerza de un carácter templado que, teniendo el poder de responder con dureza, elige voluntariamente la respuesta suave. Es la capacidad de un padre o una madre que, tras un día agotador en el trabajo, llega a casa y en lugar de explotar contra los hijos por el desorden, elige el camino del diálogo y la comprensión. Esta mansedumbre no nace de la naturaleza humana, que busca siempre la autodefensa, sino que es el sello distintivo de alguien que ha dejado de justificarse a sí mismo porque sabe que su justicia proviene totalmente de Cristo. [3] Finalmente, el dominio propio (ἐγκράτεια, enkrateia, autocontrol y templanza) corona este despliegue de la vida espiritual. En nuestras culturas latinas, donde las emociones a menudo dictan nuestras decisiones, esta virtud es la que nos permite detenernos antes de decir una palabra hiriente, antes de gastar lo que no tenemos por impulso, o antes de caer en los patrones destructivos que hemos heredado de generaciones pasadas. El Espíritu no viene a anular nuestra personalidad, sino a poner orden en el caos de nuestros deseos desordenados. Es, en esencia, la libertad de decir "no" a lo que nos esclaviza para poder decir "sí" a lo que Dios ha diseñado para nuestra plenitud. Este es el fruto que se hace visible en la mesa familiar, en la forma en que tratamos a los compañeros de trabajo y en cómo administramos el tiempo y los recursos que el Padre nos ha confiado.

Al considerar estas realidades, debemos preguntarnos: ¿qué es lo que realmente nos impide vivir esta vida plena? A veces, nuestro mayor obstáculo no es el mundo exterior ni las presiones de la sociedad, sino nuestra propia resistencia a morir a nuestro ego. El Espíritu nos invita a una rendición constante, un proceso que no termina con la conversión, sino que se renueva cada mañana al abrir los ojos. Es una invitación a dejar de buscar el aplauso de los hombres o la validación en el éxito terreno, para encontrar nuestro descanso en la suficiencia de la cruz. Cuando el Espíritu se convierte en la fuente de nuestro gozo, dejamos de ser esclavos de las circunstancias externas; nuestra paz ya no fluctúa según el clima de la economía o el humor de quienes nos rodean, porque está fundamentada en la Roca que es Jesús.

Que esta semana, en cada conversación, en cada decisión difícil en el trabajo, y en la intimidad de nuestro hogar, podamos recordar que no caminamos solos. El Espíritu habita en nosotros para que no tengamos que fingir una vida santa, sino para que la vivamos desde adentro hacia afuera. Que cuando nos sintamos tentados a la ira, a la envidia o a la amargura, recordemos que el Señor ya pagó el precio de nuestra libertad, y que el Espíritu está listo para producir en nosotros ese fruto que perdura, ese fruto que no se marchita con el tiempo ni con las dificultades, sino que se hace más dulce a medida que nos acercamos al encuentro final con nuestro Salvador.

Punto 3. El caminar ordenado: La vida de quienes han crucificado la carne

El apóstol Pablo concluye esta sección con un imperativo que define la conducta del creyente: "Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu" (Gálatas 5:25). Aquí, el término "andar" es fundamental; se utiliza la palabra andar en fila. Este verbo no alude a un caminar errante o sin rumbo, sino a una marcha ordenada, al estilo de un soldado que sigue el paso de su comandante o de alguien que camina sobre una línea trazada con precisión. Para el creyente, esto significa que el Espíritu Santo no es solo una presencia interior, sino el regulador externo de nuestros pasos. Si nuestra vida ha recibido vida por medio del Espíritu, nuestra conducta debe reflejar ese mismo orden. La urgencia de este mandato radica en nuestra tendencia natural a desalinearnos. Muchas veces, aunque confesamos que el Espíritu Santo nos guía, nuestras decisiones en el hogar o en la administración de nuestras finanzas parecen seguir el ritmo del mundo y no el de Cristo. Por eso, el apóstol enfatiza que este andar debe ser consistente con la realidad de nuestra nueva vida. Si el Espíritu es quien nos ha dado el aliento vital, no podemos pretender caminar conforme a la carne, pues estaríamos contradiciendo nuestra propia naturaleza redimida. [4] La transición hacia el versículo 26 revela la prueba de fuego de este andar: "No nos hagamos vanagloriosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros". La vanagloria es, en esencia, la búsqueda de una gloria vacía, una estima que no proviene de Dios sino de la comparación con los demás. Cuando el creyente pierde el enfoque en el Espíritu, su corazón se llena de una competitividad destructiva. La envidia es el resultado inevitable de creer que nuestra valía depende de superar a nuestro hermano. Si nos detenemos a reflexionar sobre la vida de la primera iglesia, veremos que estas advertencias no eran teóricas. La comunidad de los creyentes enfrentaba constantemente la tentación de dividirse por causa del orgullo. Pablo nos recuerda que el verdadero fruto no crece en un ambiente de provocación o de discordia, sino en la unidad que proporciona la cruz. Por tanto, nuestro "andar en fila" implica reconocer que ninguno de nosotros es superior al otro; todos, sin excepción, dependemos de la misma gracia. Si un hermano prospera, el Espíritu nos mueve a regocijarnos, no a envidiar, pues el cuerpo de Cristo es uno solo. [5] ¿Cómo aplicar esto a la vida diaria? Considérese el ambiente de un grupo pequeño o la dinámica de una familia extendida donde cada miembro busca ser el centro de atención. Es un terreno fértil para el conflicto. Pero cuando el Espíritu regula nuestro "andar", el centro deja de ser el "yo" y pasa a ser Jesús. La vanagloria se desvanece ante la presencia de la cruz, donde toda pretensión humana es humillada. La envidia se disuelve cuando comprendemos que todo lo que somos y tenemos es un regalo de la gracia. Esta es la verdadera libertad: no tener que demostrar nada a nadie, porque nuestra identidad está segura en Cristo.

Esta seguridad en nuestra identidad no es un destino pasivo, sino el motor que nos impulsa a una vida de servicio sacrificial. Cuando el apóstol Pablo nos exhorta a no ser "vanagloriosos", está tocando la fibra sensible de nuestra fragilidad humana. A menudo, buscamos reconocimiento en el trabajo informal, en el estatus social o incluso en el papel que desempeñamos dentro de la iglesia, esperando que los demás validen nuestra existencia. Sin embargo, el Espíritu nos enseña que el reconocimiento más valioso ya ha sido otorgado en la cruz. Al caminar en el Espíritu, la necesidad de compararnos con otros —ese veneno que corroe tantas familias y ministerios— pierde su poder, porque ya no estamos compitiendo por un trofeo terrenal, sino participando de una herencia eterna. [6] Considérese la dinámica de una mesa familiar en un domingo cualquiera. A menudo, las conversaciones giran en torno a los logros de los hijos, la estabilidad financiera o los proyectos personales. En medio de ese diálogo, surge a veces una sutil tensión: la presión por demostrar que estamos "mejor" que el primo o el vecino. Esa competitividad, nacida de la inseguridad, es exactamente lo que el Espíritu viene a sanar. Cuando permitimos que la mansedumbre tome el control de nuestro carácter, dejamos de ver a los demás como rivales y comenzamos a verlos como compañeros de viaje. La mansedumbre no es debilidad; es la fuerza bajo control, la capacidad de ceder nuestro derecho a tener la razón por el bien del amor. [3] Este caminar, descrito por el término "andar en fila" (στοιχέω, stoikheo, seguir una regla), nos recuerda que no somos corredores solitarios en una pista de atletismo, sino miembros de un ejército que marcha al mismo paso. Si uno se adelanta por soberbia o se detiene por envidia, todo el cuerpo sufre. La armonía que Dios desea para su iglesia comienza cuando cada uno de nosotros decide, con la ayuda del Espíritu, morir a la vanidad. Esto implica, por ejemplo, que si un hermano recibe una bendición, nos unimos a su alegría en lugar de cuestionar por qué no nos ocurrió a nosotros. Es la transición del "yo" al "nosotros", una transformación que solo es posible cuando el evangelio penetra las capas más profundas de nuestro orgullo. [7] Esta realidad nos invita a revisar nuestras oraciones en el grupo de oración o en el servicio semanal. ¿Pedimos que Dios nos use para Su gloria, o pedimos que Dios nos haga destacar frente a los demás? La verdadera madurez espiritual se mide por nuestra capacidad de desaparecer para que Jesús sea visto. En un mundo que nos empuja constantemente a la autopromoción, la vida del creyente se convierte en un acto de resistencia revolucionaria. Cada vez que elegimos el dominio propio sobre la provocación, estamos declarando que nuestra vida ya no nos pertenece, sino que está escondida en Cristo. Esta es la invitación constante del Señor: no buscar la gloria que viene de los hombres, sino la aprobación que viene del Padre.

Conclusión

Amada iglesia, hemos recorrido el camino desde la advertencia contra las obras de la carne hasta la invitación a caminar bajo la guía plena del Espíritu. Hemos visto que el fruto que Dios busca producir en nosotros es un reflejo de Su propio carácter: amor, gozo, paz, paciencia, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio. No son metas que debamos alcanzar con nuestro esfuerzo, sino el resultado inevitable de estar injertados en la vid verdadera. El apóstol Pablo nos ha enseñado que nuestra vieja naturaleza, con sus pasiones y deseos, fue crucificada con Cristo. Esta es la base de nuestra esperanza. No estamos tratando de mejorar nuestra conducta para que Dios nos ame; estamos viviendo desde el amor que ya nos ha sido dado en la cruz. Cuando el peso de la culpa o el cansancio de intentar "ser mejores" nos abrumen, debemos volver a esta verdad: la obra de transformación ya ha comenzado en nosotros porque Jesús nos dio Su Espíritu. Para esta semana, les invito a una acción concreta: en cada decisión, ya sea en la oficina, en la crianza de los hijos o en el servicio en la congregación, deténganse un momento y pregunten: "¿Esta actitud nace de mi orgullo o del Espíritu?". Si reconocen que el Espíritu les guía, sigan esa línea, sigan ese paso. Si descubren que la vanagloria o la envidia intentan ganar terreno, acudan a la cruz en oración, pidiendo que la gracia de Cristo los restaure y los vuelva a alinear con Su voluntad. Señor, gracias porque no nos has dejado huérfanos, sino que nos has dado Tu Espíritu para que podamos caminar en libertad. Reconocemos que muchas veces intentamos caminar con nuestras propias fuerzas y caemos en el orgullo y la envidia. Te pedimos, Padre, que produzcas Tu fruto en nosotros. Que esta semana, al enfrentar cada desafío, recordemos que ya hemos sido crucificados con Cristo y que nuestra vida ahora está escondida en Él. Danos la gracia de andar en fila conforme a Tu Palabra, amando a nuestro prójimo con Tu mismo amor. Todo esto lo pedimos en el nombre precioso de nuestro Señor Jesús. Amén.


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Referencias

Comentarios en los que se fundamenta este sermón. Los números entre corchetes remiten a las entradas siguientes.

  • [1] Ellicott — Gálatas 5:22-26
    Ver fuente · dominio público
    (22) The fruit of the Spirit.—There does not seem to be any essential difference between this term and that used above: “the works of the flesh.” The fruit of the Spirit is that which naturally grows out of the operation of the Spirit, in which it naturally results. The expression “fruit” is, however, generally used by St. Paul in a good sense. The list which follows brings out in a striking manner the peculiar finish and perfection which belongs to the Christian morality. It will be seen at a glance how it differs from any form of pagan or philosophic ethics. At the head of the list is “love,” which Christianity takes as its moving principle—not being, perhaps, alone in this, but alone in the systematic consistency with which it is carried out. Next comes “joy,” a peculiarly Christian grace, which has a much deeper root than mere natural cheerfulness of temper, and is rather the unfailing brightness and equanimity which proceeds from calm and settled principles animated by the Divine Spirit itself. It may be questioned whether “peace” is here the tranquility which is shed abroad in the heart by the sense of reconciliation with God, or rather, from the context that follows, peaceab
    Ellicott's Commentary · 찰스 엘리콧 †1905 · Gálatas 5:22
  • [2] Matthew Henry, Commentary on the Whole Bible — Gálatas 5:22-26
    Ver fuente · dominio público
    Verses 13-26 In the latter part of this chapter the apostle comes to exhort these Christians to serious practical godliness, as the best antidote against the snares of the false teachers. Two things especially he presses upon them:— I. That they should not strive with one another, but love one another. He tells them (v. 13) that they had been called unto liberty, and he would have them to stand fast in the liberty wherewith Christ had made them free; but yet he would have them be very careful that they did not use this liberty as an occasion to the flesh—that they did not thence take occasion to indulge themselves in any corrupt affections and practices, and particularly such as might create distance and disaffection, and be the ground of quarrels and contentions among them: but, on the contrary, he would have them by love to serve one another, to maintain that mutual love and affection which, notwithstanding any minor differences there might be among them, would dispose them to all those offices of respect and kindness to each other which the Christian religion obliged them to. Note, 1. The liberty we enjoy as Christians is not a licentious liberty: though Christ has redeemed us f
    Matthew Henry's Commentary · 매튜 헨리 †1714 · Gálatas 5:13–26
  • [3] Adam Clarke, Commentary on the Bible — Gálatas 5:23
    Ver fuente · dominio público
    Meekness - Πραοτης· Mildness, indulgence toward the weak and erring, patient suffering of injuries without feeling a spirit of revenge, an even balance of all tempers and passions, the entire opposite to anger. Temperance - Εγκρατεια· Continence, self-government, or moderation, principally with regard to sensual or animal appetites. Moderation in eating, drinking, sleeping, etc. Several very respectable MSS., as D*EFG, with the Vulgate, most copies of the Itala and several of the fathers, add ἁγνεια, chastity. This we are sure cannot be separated from the genuine Christian character, though it may be included in the word εγκρατεια, continence or moderation, immediately preceding. Against such there is no law - Those, whose lives are adorned by the above virtues, cannot be condemned by any law, for the whole purpose and design of the moral law of God is fulfilled in those who have the Spirit of God, producing in their hearts and lives the preceding fruits.
    Adam Clarke's Commentary · 아담 클라크 †1832 · Gálatas 5:23
  • [4] Matthew Henry, Commentary on the Whole Bible — Gálatas 5:25
    Mismo texto fuente que [2]
  • [5] John Calvin, Commentaries on the Holy Scripture — Gálatas 5:26
    Ver fuente · dominio público
    But the fruit of the Spirit is love, joy, peace, longsuffering, gentleness, goodness, faith, 22. Fructus vero Spiritus est charitas, gaudium, pax, tolerantia, comitas, benignitas, fides, 23. Meekness, temperance: against such there is no law. 23. Mansuetudo, temperantia: adversus ejusmodi non est Lex. 24. And they that are Christ's have crucified the flesh with the affections and lusts. 24. Qui autem Christi sunt carnem crucifixerunt cum affectibus et concupiscentiis. 25. If we live in the Spirit, let us also walk in the Spirit. 25. Si vivimus Spiritu, etiam Spiritu ambulemus. 26. Let us not be desirous of vain glory, provoking one another, envying one another. 26. Ne sinms inanis gloriae cupidi, invicem provocantes, invicem invidentes. 22. But the fruit of the Spirit. In the former part of the description he condemned the whole nature of man as producing nothing but evil and worthless fruits. He now informs us that all virtues, all proper and well regulated affections, proceed from the Spirit, that is, from the grace of God, and the renewed nature which we derive from Christ. As if he had said, "Nothing but what is evil comes from man; nothing good comes but from the Holy Spirit."
    Calvin's Commentary · 장 칼뱅 †1564 · Gálatas 5:22–26
  • [6] Matthew Henry, Commentary on the Whole Bible — Gálatas 5:26
    Mismo texto fuente que [2]
  • [7] Albert Barnes, Notes on the Bible — Gálatas 5:26
    Ver fuente · dominio público
    Let us not be desirous of vainglory - The word used here (κενόδοξοι kenodoxoi) means "proud" or "vain" of empty advantages, as of birth, property, eloquence, or learning. The reference here is probably to the paltry competitions which arose on account of these supposed advantages. It is possible that this might have been one cause of the difficulties existing in the churches of Galatia, and the apostle is anxious wholly to check and remove it. The Jews prided themselves on their birth, and people are everywhere prone to overvalue the supposed advantages of birth and blood. The doctrines of Paul are, that on great and most vital respects people are on a level; that these things contribute nothing to salvation (notes, Galatians 3:28); and that Christians should esteem them of little importance, and that they should not be suffered to interfere with their fellowship, or to mar their harmony and peace. Provoking one another - The sense is, that they who are desirous of vainglory, do provoke one another. They provoke those whom they regard as inferiors by a haughty carriage and a contemptuous manner toward them. They look upon them often with contempt; pass them by with disdain; treat t
    Albert Barnes' Notes · 앨버트 반스 †1870 · Gálatas 5:26
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